Aquí hay un error frecuente cuando vemos a un adolescente ceder ante su grupo: pensar que no tiene criterio propio.
«Se deja llevar.»
«Hace todo lo que hacen sus amigas.»
«No tiene personalidad.»
«Si los demás se tiran por un puente, ella va detrás.»
Pero que una adolescente termine haciendo algo que inicialmente no quería hacer no significa necesariamente que no supiera lo que quería.
Puede haberlo tenido clarísimo, saber que no quiere beber, que no quiere mandar esa foto, que no le apetece ir a ese sitio, que esa broma no le hace gracia o que no quiere participar en algo que están proponiendo.
Y aun así acabar haciéndolo.
Porque la decisión ya no consiste únicamente en responder a una pregunta: ¿Quiero hacer esto?
Ahora tiene que responder también a otras: ¿Qué pasa si soy la única que dice que no?; ¿Van a pensar que soy una cría?; ¿Dejarán de contar conmigo?; ¿Voy a tener que explicar por qué?; ¿Y mañana qué?
Eso cambia bastante la dificultad de la decisión.
Durante la adolescencia, el grupo adquiere una importancia enorme. Las amistades ofrecen pertenencia, reconocimiento, complicidad y un espacio en el que empezar a construir una identidad propia fuera de la familia.
Por eso la opinión de los demás puede pesar.
Y reconocerlo no significa considerar a los adolescentes incapaces de decidir ni asumir que todos cederán inevitablemente ante sus amigos.
Significa entender que una decisión que desde fuera parece individual puede tener para ellos consecuencias profundamente sociales.
Desde la mirada adulta, resulta relativamente sencillo decir: «Si son tus amigas, respetarán que no quieras hacerlo.» Puede que sea cierto.
Pero en el momento de decidir, una adolescente no responde únicamente a lo que debería ocurrir. También responde a lo que teme que pueda ocurrir. Quedarse fuera, ser objeto de una broma, parecer infantil, tener que defender su decisión delante de todos, descubrir después que existe un grupo de WhatsApp en el que ella ya no está o sencillamente sentir que pertenece un poco menos que ayer.
No necesitamos considerar todos esos temores racionales para comprender que pueden influir en una decisión y ahí, aparece una diferencia fundamental: tener criterio propio no garantiza que resulte fácil sostenerlo bajo presión.
Por eso quizá enseñar a nuestros hijos a distinguir lo que quieren, de lo que no quieren, sea solamente una parte del trabajo.
La siguiente pregunta es mucho más interesante: ¿qué herramientas tienen cuando mantener esa decisión empieza a tener un coste?
Hay decisiones que parecen pequeñas hasta que las miramos desde dentro del grupo.
No ir a una fiesta, no participar en una broma, no beber, no mandar una foto, no acompañar a los demás a determinado sitio, no hacer algo que «todo el mundo» parece estar haciendo.
Para un adulto, cada una de esas decisiones puede analizarse por separado: quiero o no quiero, me conviene o no me conviene, lo hago o no lo hago.
Para un adolescente puede haber otra pregunta mezclándose con todas ellas: ¿qué significa para mí decir que no cuando los demás dicen que sí?
Porque pertenecer importa.
Importa tener con quién sentarse al día siguiente. Importa que te escriban, que cuenten contigo. Importa entender las bromas que nacieron el sábado y aparecer en las fotos. Saber de qué están hablando el lunes.
Sentir que sigues formando parte de ese pequeño mundo que, durante la adolescencia, puede ocupar muchísimo espacio.
Por eso quedarse fuera no siempre significa simplemente perderse un plan. A veces, significa temer perder posición dentro del grupo.
O algo todavía más difícil de señalar: que nadie diga nada, pero todos los demás lo hagan.
No hace falta que exista una persona manipulando deliberadamente al grupo. A veces la propia dinámica crea una expectativa sobre qué hay que hacer para seguir encajando, y esto importa porque tendemos a imaginar la presión de grupo como una escena bastante evidente: alguien insiste y otra persona, incapaz de resistirse, termina cediendo.
Muchas veces no se parece en absoluto a eso.
Puede haber bromas, miradas, silencios, mensajes, comparaciones o simplemente la percepción de ser la única persona que está tomando una decisión diferente. Y entonces aparece una negociación interna:
«En realidad tampoco es para tanto.»; «Voy, pero no hago nada.»; «Solo esta vez.»; «Si veo algo raro, me marcho.»; «Prefiero ir y luego ya veré.»
No siempre estamos ante una adolescente que ha dejado de pensar. Puede estar haciendo exactamente lo contrario: intentando encontrar una solución que le permita conservar al mismo tiempo su decisión y su pertenencia al grupo.
El problema es que, durante esa negociación, los límites pueden empezar a desplazarse. Primero acepta ir, después quedarse un poco más, luego hacer algo que inicialmente había decidido no hacer.
No porque de repente todo le parezca buena idea, sino porque cada pequeña concesión puede hacer que la siguiente resulte algo más fácil. Y esto nos interesa especialmente desde la prevención.
Cuando hablamos de autoprotección adolescente, es fácil imaginar que debemos empezar a intervenir cuando aparece algo claramente peligroso, pero muchas situaciones no comienzan ahí. Empiezan mucho antes.Empiezan con una decisión aparentemente pequeña tomada bajo presión, con aceptar un plan que no convence, con no querer parecer exagerada, con pensar que ya habrá oportunidad de marcharse, con confiar en que, llegado el momento, será fácil volver a decir que no.
Nada de eso significa que necesariamente vaya a ocurrir algo malo. Pero sí puede modificar algo muy importante: las opciones disponibles después.
No es lo mismo decidir desde casa que no quieres ir a determinado lugar que intentar marcharte una vez allí.
No es lo mismo rechazar subir a un coche que pedir que lo detengan después.
No es lo mismo decidir no beber que intentar mantener esa decisión cuando todos están insistiendo.
Y tampoco es lo mismo establecer un límite al principio que intentar recuperarlo cuando ya has cedido varias veces.
Por eso, quizá una de las preguntas más útiles que podemos enseñar a plantearse no sea únicamente: «¿Quiero hacer esto?», sino también: «Si digo que sí ahora, ¿qué opciones tendré después?»
Ahí empieza a aparecer una forma diferente de entender la autoprotección. No como una respuesta que comienza cuando algo ya se ha complicado, sino como la capacidad de reconocer qué pequeñas decisiones pueden aumentar o reducir nuestro margen de elección más adelante.
Y antes de enseñarles a hacerlo, quizá los adultos tengamos que revisar también algunas de las respuestas que solemos dar cuando vemos que nuestros hijos ceden ante el grupo.
Porque decirles «pues aprende a decir que no» puede ser bastante menos útil de lo que parece.
Desde fuera, algunas situaciones parecen tener una solución evidente.
«Si no quieres ir, no vayas.»; «Si te están presionando, diles que no.»; «Si se ríen de ti por eso, no son tus amigos.»; «Me da igual lo que hagan los demás.»; «No tienes que hacer nada que no quieras.»
Probablemente todo sea cierto. El problema es que ninguna de esas respuestas elimina aquello que está haciendo difícil la decisión.
Nuestra hija puede saber perfectamente que no tiene obligación de ir, puede estar de acuerdo en que una buena amiga debería respetar su decisión. Puede incluso haber escuchado cientos de veces que no debe hacer algo solo porque lo hagan los demás y seguir sin saber qué hacer cuando llegue el mensaje: «¿Entonces no vienes?»
Porque en ese momento, no está resolviendo únicamente si quiere ir o no. Está gestionando también la mirada de los demás, la posibilidad de quedarse fuera, la necesidad de dar explicaciones y la incomodidad de mantener una posición diferente cuando sería mucho más sencillo ceder. A veces intentamos solucionar el problema quitándole importancia
Hay una frase adulta especialmente frecuente: «¿Y qué más te da lo que piensen?»
Pero probablemente sí le importe. Y quizá el objetivo no debería ser conseguir que deje de importarle.
Las relaciones importan.
La aceptación importa.
Sentirse parte de un grupo importa.
También nos importa a los adultos, aunque con los años hayamos aprendido —algunos mejor que otros— a soportar que nuestras decisiones no siempre gusten. Decirle a una adolescente que no debería importarle puede dejarla con un problema añadido: además de resultarle difícil sostener su decisión, ahora parece que también está equivocada por sentir que hacerlo le cuesta.
Podemos plantearlo de otra manera. No necesitamos enseñarle que la opinión de sus amigos carece de importancia, necesitamos ayudarla a que esa opinión no sea la única que decida por ella.
«Si te presionan, no son tus amigos.»
Puede haber situaciones en las que una relación sea claramente dañina y alejarse resulte necesario. Pero convertir cualquier episodio de presión en una prueba definitiva sobre la calidad de una amistad simplifica demasiado cómo funcionan los grupos.
Un amigo puede insistir, puede hacer una broma desafortunada, dejarse arrastrar por los demás, presionar hoy y ser quien mañana necesite ayuda para sostener su propio «no».
Los adolescentes no ocupan siempre papeles fijos de quien presiona y quien es presionado. Y esta idea nos interesa especialmente porque permite salir de una visión demasiado sencilla de buenos y malos.
Dentro de un mismo grupo, una persona puede ceder ante la presión en una situación y ejercerla sobre otra persona en la siguiente, incluso sin ser plenamente consciente de ello. Por eso aprender a reconocer estas dinámicas sirve también para preguntarse: «¿Estoy haciendo yo ahora con otra persona lo mismo que no me gustaría que hicieran conmigo?»
Eso también es prevención.
No todo tiene que convertirse en una negociación educativa, pero si nuestra única herramienta ante estas situaciones es decidir por ellos, podemos resolver el problema inmediato sin que hayan aprendido qué hacer cuando nosotros no estemos delante.
Y llegará ese momento.
No estaremos en cada conversación, no veremos todos los mensajeo, no sabremos siempre dónde está apareciendo la presión y tampoco sería deseable que la única razón para rechazar algo fuera: «Mis padres no me dejan.»
Porque esa frase puede funcionar como salida —y a veces será una salida estupenda—, pero queremos que progresivamente pueda existir también otra: «No quiero hacerlo.» Y, todavía más difícil: «No quiero hacerlo aunque sé que a vosotros no os va a gustar mi decisión.»
Podemos aspirar a algo bastante más útil: que aprenda a reconocer cuándo esa influencia está empujando una decisión demasiado lejos de lo que realmente quiere hacer. Y que tenga recursos para actuar cuando lo detecte.
Eso cambia también nuestro papel como adultos. En lugar de proporcionarle siempre la respuesta correcta, podemos ayudarle a desarrollar las herramientas necesarias para encontrar y sostener la suya. Porque quizá no necesite escuchar una vez más: «Tienes que aprender a decir que no.» Quizá necesite aprender qué hacer después de haberlo dicho.
Si decir «no» fuera suficiente, probablemente este artículo podría terminar aquí.
Pero hemos visto que el problema puede aparecer precisamente después: cuando mantener una decisión implica soportar insistencia, explicaciones, bromas, incomodidad o la sensación de estar quedándose fuera.
Por eso quizá no necesitemos enseñar únicamente una palabra.
Necesitamos entrenar todo lo que ocurre alrededor de ella. Reconocer cuándo estoy cambiando de opinión y cuándo estoy cediendo.
Cambiar de opinión no tiene nada de malo.
Puede que inicialmente no quisiera ir y después el plan le apetezca. Puede que algo que rechazó en un primer momento deje de incomodarle. También puede escuchar a sus amigos, reconsiderar una decisión y tomar otra diferente.
Eso sigue siendo decidir.
La pregunta interesante aparece cuando el cambio no responde tanto a «ahora quiero hacerlo» como a: «no quiero, pero tampoco quiero ser la única que diga que no.» Aprender a reconocer esa diferencia puede ser una primera herramienta, una pregunta sencilla podría ayudar: si nadie fuera a enfadarse, reírse o dejarme fuera por decir que no, ¿seguiría queriendo hacerlo?
No proporciona automáticamente la respuesta correcta, pero puede ayudar a distinguir qué parte de la decisión pertenece a lo que quiero y qué parte está intentando evitar la reacción de los demás. Decidir antes también es una opción.
No todas las decisiones tienen que improvisarse.
Si sé que voy a encontrarme en una situación en la que probablemente me ofrecerán algo que no quiero hacer, puedo pensarlo antes.
¿Qué quiero hacer?
¿Qué no?
¿Qué haré si empiezan a insistir?
¿Tengo alguna alternativa?
¿A quién puedo recurrir si quiero marcharme?
Eso no significa vivir anticipando problemas, significa aprovechar un momento en el que todavía no existe presión para pensar con más margen.
Porque decidir tranquilamente en casa y decidir cuando varias personas están esperando nuestra respuesta, no son necesariamente la misma experiencia.
A veces enseñamos a establecer límites como si hubiera una frase correcta que hubiera que pronunciar con suficiente firmeza, pero la vida real suele ser bastante menos ordenada.
«No.»; «Paso.»; «No me apetece.»: «Yo no voy.»; «Haced lo que queráis, yo me quedo.»; «Ni de broma.», o simplemente marcharse. Todas pueden ser respuestas válidas dependiendo del momento, de la persona y del contexto., incluso recurrir a: «Mis padres no me dejan.» puede ser una herramienta perfectamente útil.
Quizá no sea la expresión más extraordinaria de independencia adolescente, pero la autoprotección no es un examen de valentía.
Si utilizar a los padres como excusa permite salir de una situación sin aumentar innecesariamente el conflicto, esa opción también existe. Lo importante no es que el «no» suene especialmente contundente, es que sirva para proteger la decisión que queremos mantener.
Nuestro objetivo no puede ser garantizar que nada de eso ocurra. tampoco convencerle de que debería darle igual.
Podemos enseñarle algo bastante más realista: sentirse incómodo no significa necesariamente haber tomado una mala decisión.
A veces la incomodidad, simplemente es el precio momentáneo de mantener algo que para nosotros era importante.
Y aprender a permanecer unos minutos dentro de esa sensación, sin necesitar resolverla inmediatamente cediendo, también puede entrenarse.
Hay otra habilidad especialmente útil: pensar no solo en cómo rechazar algo, sino en qué haré después.
Si no quiero quedarme, ¿cómo vuelvo?
Si mis amigos deciden ir a otro sitio y yo no quiero acompañarlos, ¿tengo alternativa?
Si algo empieza a incomodarme, ¿a quién puedo llamar?
¿Hay algún adulto al que pueda pedir que me recoja sin tener que negociar primero por teléfono si mi motivo es suficientemente importante?
Esto último requiere también algo por nuestra parte.
Si queremos que nuestros hijos nos llamen cuando una situación empieza a torcerse, necesitan saber que pedir ayuda no abrirá inmediatamente un interrogatorio en el momento en que más necesitan una salida.
Ya habrá tiempo después para hablar de lo ocurrido, de las decisiones tomadas y de lo que podría haberse hecho de otra manera. Primero puede ser necesario simplemente salir.
Esta idea merece un espacio propio.
Puede haber aceptado ir, haber subido al coche, haber entrado en la fiesta, haber empezado a participar, incluso haber aceptado inicialmente algo que después deja de querer. Nada de eso elimina la posibilidad de cambiar de decisión.
A veces tratamos la prevención como si solo existiera una oportunidad para hacerlo bien: aquella primera decisión que habría evitado todo lo posterior.
Pero la realidad no funciona así.
Podemos reconsiderar, detenernos, marcharnos, pedir ayuda. Podemos decidir que algo que parecía aceptable hace diez minutos, ya no lo es.
Una decisión anterior puede reducir nuestras opciones, pero no convierte necesariamente en inevitable la siguiente y quizá este sea uno de los aprendizajes más importantes que podemos ofrecerles:
No necesitas haber tomado todas las decisiones anteriores correctamente para empezar a protegerte en la siguiente.
Nuestros hijos van a equivocarse. Alguna vez harán algo porque lo hacen todos o aceptarán un plan que después descubrirán que era una pésima idea.
Alguna vez se dejarán llevar, como hacemos también los adultos.
El objetivo no puede ser construir adolescentes inmunes a cualquier influencia.
Puede ser algo mucho más útil: ayudarles a reconocer la presión, anticipar situaciones, disponer de alternativas, sostener cierta incomodidad, cambiar de decisión y pedir ayuda cuando la necesiten.
Porque cada una de esas habilidades conserva algo especialmente importante: opciones.
Y ahí es donde esta conversación empieza a relacionarse con algo que, a primera vista, podría parecer muy diferente.
La autoprotección.
Cuando pensamos en autoprotección para adolescentes, es fácil imaginar el momento en que algo ya ha ocurrido: una amenaza, una agresión, una situación de la que necesitan defenderse o escapar.
Pero muchas decisiones importantes suceden bastante antes.
Ir o no ir.
Subir o no subir.
Quedarse o marcharse.
Aceptar algo o cambiar de opinión.
Pedir ayuda antes de que la situación se complique.
Ninguna de esas decisiones parece una técnica de defensa personal. Y precisamente por eso son importantes.
La autoprotección no empieza cuando un adolescente tiene que defenderse. También empieza cuando aprende a conservar capacidad de decisión bajo presión.
Eso implica observar lo que está ocurriendo, reconocer cuándo los demás están condicionando una decisión, valorar las opciones disponibles y saber que todavía puede cambiar de rumbo.
No podremos evitar que nuestros hijos se equivoquen. Tampoco estaremos presentes cada vez que tengan que decidir.
Pero podemos ayudarles a llegar a esos momentos con algo más útil que una lista de prohibiciones: criterio, alternativas y recursos para actuar.
Porque protegerse no consiste únicamente en saber qué hacer cuando algo va mal.
También consiste en aprender a reconocer cuándo todavía estamos a tiempo de elegir.
Volverá a ocurrir, se repetirán los: «Vamos todos.»; «No seas aburrida.»;«Si no vienes, tú te lo pierdes.»
No podemos decidir siempre por ellos ni conseguir que la presión desaparezca, pero sí podemos ayudarles a reconocerla, valorar sus opciones y sostener una decisión propia cuando hacerlo no resulta tan fácil.
Porque quizá nunca se trató únicamente de enseñarles a decir «no».
Se trataba de enseñarles qué hacer después.
Alicia Ballesteros Molina
Coordinadora de Escudo Femenino