“No mires el móvil.”
“No vayas distraída.”
“Camina con seguridad.”
“Ocupa espacio.”
“No parezcas fácil de atacar.”
Son consejos que se repiten con frecuencia cuando se habla de seguridad y defensa personal para mujeres. Algunos parten de una idea razonable: prestar atención al entorno puede ayudarte a detectar antes determinados cambios y conservar más opciones para decidir.
El problema aparece cuando esa recomendación deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en una regla: si vas distraída, pareces vulnerable; si pareces vulnerable, eres un blanco fácil.
A partir de ahí, la prevención corre el riesgo de convertirse en otra cosa. En una vigilancia permanente sobre cómo caminas, dónde miras, cuánto espacio ocupas o qué imagen proyectas. Y, casi sin darnos cuenta, la pregunta deja de ser qué está haciendo quien decide agredir para concentrarse en qué hizo —o dejó de hacer— quien terminó siendo agredida.
Conviene detenerse ahí.
Porque una cosa es aprender a observar el entorno y otra muy distinta asumir que existe una forma correcta de caminar por el mundo que puede protegernos de las decisiones de los demás.
La prevención puede ampliar nuestras opciones. Puede ayudarnos a reconocer cambios, ganar tiempo, establecer límites, tomar distancia o pedir ayuda antes. Lo que no puede hacer es garantizarnos el control sobre la conducta de otra persona.
Por eso merece la pena revisar una idea que empieza a repetirse como si estuviera científicamente resuelta:
¿Existe realmente un “blanco fácil”?
Cuando se habla de prevención y defensa personal es frecuente escuchar una afirmación presentada casi como una certeza científica: los agresores saben reconocer a una víctima vulnerable.
Y hay investigación que merece ser tomada en serio.
Uno de los trabajos más citados es Attracting Assault: Victims’ Nonverbal Cues, publicado en 1981 por Betty Grayson y Morris I. Stein. Más de 60 personas fueron grabadas mientras caminaban por una zona de Nueva York y posteriormente las imágenes fueron mostradas a personas encarceladas por delitos violentos. Un segundo grupo, formado por 53 internos condenados por delitos que iban desde agresiones hasta homicidios, valoró quiénes parecían objetivos más probables. Los investigadores encontraron cierta coincidencia en esas valoraciones y diferencias relacionadas con la coordinación y organización del movimiento corporal.
Otro trabajo que suele aparecer en este debate es Predatory Rapists and Victim Selection Techniques, publicado por Dennis J. Stevens en 1994. En este caso se entrevistó a 61 agresores sexuales encarcelados en una prisión de máxima seguridad. Los participantes describieron estrategias de selección de objetivos y el estudio encontró que tendían a elegir mujeres a las que ellos percibían como vulnerables.
Hasta aquí, la investigación.
El problema comienza cuando de estos resultados damos un salto mucho mayor: «Los agresores eligen a la mujer distraída.» O: «Si caminas de determinada manera, miras el móvil, pareces insegura o no ocupas suficiente espacio, te conviertes en un blanco fácil.»
Eso ya no es lo mismo que demostraron esos estudios.
El trabajo de Grayson y Stein, estudió cómo determinados delincuentes valoraban a personas desconocidas a partir de breves imágenes de su forma de caminar. No estableció una postura corporal universal que determine quién será agredido. Tampoco estudió específicamente la afirmación «mujer que mira el móvil = víctima preferente», ni permite concluir que modificar la forma de caminar proteja frente a una agresión.
El estudio de Stevens aporta otra pieza interesante: determinados agresores sexuales afirmaban tomar decisiones y buscar personas que ellos consideraban vulnerables. Pero hablamos de 61 agresores sexuales encarcelados en una prisión de máxima seguridad, entrevistados sobre sus propias estrategias. Eso no convierte sus respuestas en un modelo universal capaz de explicar todas las agresiones, todos los agresores ni todos los contextos.
Y esta diferencia importa.
Que algunas personas que pretenden agredir puedan interpretar determinados comportamientos como signos de vulnerabilidad es plausible y cuenta con evidencia.
Lo que no podemos hacer es transformar esa posibilidad en una ecuación:
distracción → vulnerabilidad → selección → agresión.
Entre una cosa y otra intervienen demasiadas variables: el contexto, el tipo de agresión, la relación entre las personas, la oportunidad, las motivaciones de quien agrede, el lugar, la presencia de terceros y muchas otras circunstancias.
Además, no todas las agresiones comienzan con un desconocido recorriendo una calle y seleccionando entre varias mujeres a la que parece más vulnerable. Utilizar ese escenario como modelo general puede acabar reduciendo un fenómeno mucho más complejo a una única narrativa.
Y entonces aparece otro problema.
A partir de esa idea del «blanco fácil» se construyen recomendaciones que seguramente resultan familiares:
Camina erguida.
Ocupa espacio.
No bajes la mirada.
No parezcas insegura.
Haz saber que has visto a la otra persona.
Muévete como alguien con quien no merece la pena meterse.
Algunas de esas conductas pueden ser útiles en determinados contextos. La postura, la voz, la distancia y la manera en que gestionamos nuestro espacio sí forman parte de la autoprotección.
Lo que merece ser cuestionado es otra cosa: convertirlas en una especie de código corporal destinado a comunicar «yo no soy una víctima fácil».
Porque entonces la autoprotección empieza a parecerse demasiado a un modelo de confrontación: proyectar fortaleza, ocupar territorio, intimidar antes de ser intimidada, demostrar que una está preparada para responder.
Y quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda:
¿Estamos construyendo una forma diferente de enseñar autoprotección a las mujeres o, en ocasiones, simplemente estamos enseñándoles a reproducir un modelo de confrontación tradicional con un cuerpo femenino?
Cambiar quién imparte la formación no necesariamente cambia el modelo desde el que se enseña.
Una instructora puede hablar de empoderamiento y, al mismo tiempo, haber heredado una concepción de la seguridad basada fundamentalmente en códigos de confrontación: parecer fuerte, ocupar más espacio, mostrar determinación y prepararse para responder físicamente.
El problema no es entrenar ninguna de esas capacidades. Algunas son necesarias.
El problema aparece cuando parecer menos vulnerable empieza a presentarse como protección frente a la decisión de otra persona de agredir.
Aquí la cuestión deja de ser únicamente metodológica.
Si afirmamos reiteradamente que una mujer puede evitar convertirse en objetivo siempre que no vaya distraída, camine de determinada manera, proyecte seguridad y no «se lo ponga fácil», debemos preguntarnos qué mensaje queda cuando una agresión finalmente ocurre.
¿No prestó suficiente atención?
¿No transmitió suficiente seguridad?
¿No detectó las señales?
¿Parecía demasiado vulnerable?
Sin necesidad de utilizar la palabra culpa, podemos haber desplazado poco a poco la responsabilidad.
La prevención puede ayudarnos a reducir determinados riesgos y, sobre todo, a ampliar nuestro margen de decisión. Pero reducir riesgo no significa controlar el resultado.
Hay otra persona en esa ecuación.
Una persona que observa, interpreta y finalmente decide actuar.
Por eso conviene separar tres conceptos que con demasiada frecuencia terminan mezclándose:
Capacidad de prevención ≠ capacidad de control ≠ responsabilidad por la agresión.
Podemos entrenar para observar mejor. Podemos aprender a identificar cambios, gestionar la distancia, establecer límites, buscar alternativas o responder físicamente cuando sea necesario.
Nada de eso convierte a una mujer en responsable de conseguir que otra persona decida no agredirla.
La responsabilidad de una agresión permanece donde corresponde: en quien toma la decisión de agredir.
El problema es que nadie puede vivir así de manera permanente. Y tampoco debería ser ese el objetivo.
Prestar atención al entorno no significa intentar registrar cada persona, cada movimiento o cada posible amenaza. Significa disponer de suficiente información para reconocer cuándo algo deja de encajar con la normalidad de la situación en la que nos encontramos.
Porque no observamos igual en todas partes.
No necesitamos el mismo nivel de atención caminando a mediodía por una calle concurrida que atravesando un aparcamiento prácticamente vacío por la noche. Tampoco interpretamos igual que alguien se acerque mucho a nosotros en un vagón abarrotado que en un andén donde apenas hay personas.
El contexto cambia el significado de lo que observamos.
Y esta idea es importante porque la conciencia situacional no debería consistir en buscar amenazas constantemente. Debería ayudarnos a reconocer cambios relevantes dentro de un contexto.
Puedes caminar pensando en el trabajo.
Puedes mirar un escaparate.
Puedes consultar un mensaje.
Puedes mantener una conversación.
No has dejado de protegerte por hacerlo.
La cuestión es poder recuperar la atención cuando aparece algo que merece una segunda mirada.
Aquí aparece otra dificultad.
Cuando enseñamos a observar sin enseñar también a interpretar, podemos conseguir exactamente lo contrario de lo que pretendíamos: que cualquier comportamiento ambiguo empiece a parecer sospechoso.
Alguien camina detrás de ti.
Un coche pasa dos veces.
Una persona te mira.
Alguien se aproxima.
Nada de eso, por sí solo, demuestra una intención.
La prevención necesita información, pero también criterio para valorar esa información.
Por eso no se trata únicamente de detectar algo diferente. También necesitamos preguntarnos qué puede significar, si existe una explicación razonable, si se repite y, sobre todo, si empiezan a aparecer varios elementos relacionados entre sí.
Ahí es donde observar deja de ser simplemente mirar alrededor y empieza a convertirse en una herramienta para decidir.
Quizá una manera más útil de entenderlo sea pensar en la atención como algo que se regula, no como un interruptor que debe permanecer permanentemente encendido.
La mayor parte del tiempo podemos movernos con normalidad.
Algo cambia.
Prestamos más atención.
Buscamos información.
Si aquello tiene una explicación y deja de resultar relevante, volvemos a nuestra actividad.
Si aparecen nuevos elementos que confirman nuestra inquietud, aumentamos nuestra atención y valoramos qué hacer.
Ese movimiento es muy diferente de recorrer permanentemente el entorno preguntándonos de dónde podría llegar una amenaza.
La finalidad de aprender autoprotección no debería ser enseñarte a tener miedo de más cosas, sino ayudarte a distinguir mejor cuáles merecen realmente tu atención.
Y para hacerlo necesitamos pasar de las señales aisladas a algo mucho más informativo: los patrones.
Imagina una situación completamente cotidiana.
Vas caminando hacia casa y, en algún momento, reparas en que una persona camina detrás de ti.
¿Qué significa? En principio, muy poco.
Puede dirigirse al mismo lugar. Puede vivir en esa calle. Puede llevar varios minutos siguiendo el mismo recorrido sin haberse fijado siquiera en ti.
Una persona detrás de ti es una presencia. No es, por sí sola, una amenaza.
El problema de entrenar la atención como una búsqueda constante de peligro es que podemos empezar a atribuir intención a información que todavía no la contiene.
Por eso, en lugar de preguntarnos inmediatamente «¿esa persona me está siguiendo?», puede ser más útil hacer algo mucho más sencillo: observar qué ocurre después.
Sigues caminando, cruzas la calle y esa persona también cruza. Eso añade información, pero todavía puede ser una coincidencia.
Reduces el ritmo. Poco después, también reduce el suyo. Ahora tienes un segundo cambio relacionado con el primero.
Te detienes ante un escaparate o modificas de nuevo tu recorrido. La persona permanece cerca, se detiene sin un motivo aparente o vuelve a aparecer después del cambio.
La situación ya no es exactamente la misma.
No porque ninguno de esos comportamientos demuestre por sí solo que exista una intención de hacerte daño, sino porque empieza a formarse un patrón que merece atención. Y esa diferencia es fundamental.
No enseñamos a interpretar presencia. Enseñamos a interpretar comportamiento.
Una persona puede mirarte sin que eso signifique nada. Un vehículo puede pasar dos veces por la misma calle. Alguien puede caminar durante varios minutos en tu misma dirección.
Lo relevante aparece cuando observamos cambios, repetición, adaptación a nuestros propios movimientos o una acumulación de elementos que resulta difícil explicar únicamente por el contexto.
Aquí hay otro matiz importante. Reconocer patrones no consiste en convertirse en detective ni en esperar hasta poder demostrar qué pretende la otra persona.
En autoprotección no necesitamos alcanzar una certeza absoluta para tomar una decisión preventiva.
Si algo empieza a incomodarte, puedes cambiar tu posición, aumentar la distancia, modificar el recorrido, acercarte a otras personas o entrar en un establecimiento. Son decisiones de bajo coste que pueden proporcionarte al mismo tiempo más seguridad y más información.
Si cambias de dirección y la otra persona continúa su camino, quizá la situación se resuelva ahí. Si adapta nuevamente su comportamiento al tuyo, acabas de obtener otro dato.
La clave está en que comprobar no significa exponerte para averiguar qué sucede. Significa utilizar, cuando sea posible, pequeñas modificaciones seguras que te permitan observar si aquello que llamó tu atención era un hecho aislado o forma parte de algo más.
Y tampoco existe una cantidad mágica de señales a partir de la cual podamos afirmar: ahora sí hay peligro.
El contexto sigue importando.
Tres personas pueden realizar exactamente el mismo recorrido al salir de una estación. Que alguien reduzca la velocidad detrás de ti en una acera estrecha puede ser perfectamente normal. El mismo comportamiento en un aparcamiento vacío puede merecer una valoración diferente.
Un patrón no es una fórmula matemática. Es información que adquiere significado dentro de un contexto.
Este quizá sea el cambio de perspectiva más importante.
No necesitamos adivinar intenciones. Necesitamos decidir qué hacemos nosotros con la información disponible.
Si finalmente no ocurría nada, haber cambiado de acera, haber entrado un momento en una tienda o haber aumentado la distancia no convierte nuestra decisión en un error.
Y si la situación estaba evolucionando hacia algo diferente, esa decisión temprana puede habernos permitido conservar algo especialmente valioso: tiempo, distancia y opciones.
Por eso la observación, por sí sola, no basta.
Detectar que algo ha cambiado es solamente el comienzo.
Después necesitamos comprobar lo que podamos sin aumentar nuestra exposición y decidir qué respuesta resulta proporcionada a la información que tenemos.
Ese es el paso que veremos a continuación: Observar, comprobar, decidir.
Detectar que algo ha cambiado no resuelve una situación. Solo nos proporciona información.
A partir de ahí empieza una parte esencial de la autoprotección: decidir qué hacemos con esa información mientras todavía conservamos margen para hacerlo.
Podemos resumir ese proceso en tres acciones:
Observar no significa buscar amenazas. Significa reconocer qué está ocurriendo a nuestro alrededor y advertir cuándo aparece un cambio que merece atención.
Puede ser una persona que modifica repetidamente su comportamiento en función del nuestro. Una distancia que empieza a reducirse. Alguien que insiste después de que hayamos establecido un límite. Un vehículo que reaparece. Una situación que, sencillamente, deja de desarrollarse como esperábamos.
No todos esos cambios significan peligro, pero algunos justifican que dejemos momentáneamente lo que estábamos haciendo y prestemos más atención.
Ese es el primer paso: darnos cuenta.
Una vez que algo llama nuestra atención, necesitamos información.
Comprobar no significa acercarnos, enfrentarnos ni poner a prueba a la otra persona. Tampoco significa quedarnos esperando hasta estar completamente seguras de sus intenciones.
Puede consistir simplemente en observar durante unos segundos más, cambiar nuestra posición, modificar el recorrido o aumentar la distancia y comprobar qué sucede después.
La pregunta no tiene que ser necesariamente: ¿Esta persona pretende hacerme daño?
En muchas situaciones no podremos saberlo. Una pregunta mucho más útil puede ser: ¿Lo que está ocurriendo justifica que cambie algo de lo que estoy haciendo?
Eso desplaza el foco desde intentar leer la mente de otra persona hacia algo sobre lo que sí tenemos capacidad de intervención: nuestras propias decisiones.
Y aquí aparece una de las partes de la autoprotección que con frecuencia recibe menos atención.
Decidir no significa necesariamente confrontar. Una decisión puede ser cruzar una calle, cambiar de vagón, no entrar en un ascensor, acercarse a un grupo de personas, entrar en un establecimiento, decir «no», pedir ayuda, abandonar un lugar, preparar el teléfono o simplemente, aumentar la distancia mientras seguimos observando.
Son respuestas distintas porque las situaciones también lo son.
La mejor decisión no es necesariamente la más contundente. Es la que nos permite gestionar la situación con el menor coste posible y conservar opciones si esta continúa evolucionando.
Este punto es especialmente importante.
A veces pensamos que necesitamos una razón suficientemente grave para cambiar de sitio, alejarnos de alguien o abandonar una situación, como si tuviéramos que justificar nuestra decisión.
Pero la prevención trabaja precisamente antes de tener certezas.
Si una situación te genera dudas razonables, tomar una medida de bajo coste para ganar distancia o información no exige demostrar que estabas en peligro.
Puedes equivocarte, quizá aquella persona no te seguía, quizá aquel comportamiento tenía una explicación perfectamente inocente. Y no pasa nada, la finalidad no es acertar siempre.
La finalidad es tomar decisiones proporcionadas con la información disponible sin esperar necesariamente a que el problema se confirme.
Aquí está una de las razones por las que en Escudo Femenino damos tanta importancia a la fase preventiva.
Al principio de una situación suelen existir muchas posibilidades: puedes observar, modificar tu posición, aumentar la distancia, comunicar un límite, buscar apoyo, marcharte.
A medida que una situación avanza, algunas de esas posibilidades pueden desaparecer y el tiempo disponible para decidir puede reducirse. Por eso, entrenar autoprotección no consiste únicamente en aprender qué hacer cuando ya existe una agresión.
Consiste también en aprender a reconocer esos momentos anteriores en los que todavía podemos preguntarnos:
¿Qué está ocurriendo?; ¿Qué información tengo?; ¿Y qué puedo hacer ahora para conservar el mayor número posible de opciones?
Observar nos proporciona información.
Comprobar nos ayuda a darle contexto.
Decidir convierte esa información en acción.
Pero existe un límite importante: no siempre podremos anticiparnos, alejarnos o detener la evolución de una situación.
Y reconocer ese límite también forma parte de una enseñanza responsable de la autoprotección.
Hasta ahora hemos hablado de observar, interpretar cambios, ganar distancia y tomar decisiones mientras todavía tenemos margen.
Pero hay situaciones en las que observar y comprobar dejan de ser suficientes. Algo ha cambiado y necesitamos intervenir: aumentar la distancia, utilizar la voz, establecer un límite, buscar una salida o, llegado el caso, responder físicamente.
Actuar no significa necesariamente pelear.
De hecho, para entender por qué la respuesta física ocupa un lugar tan pequeño dentro de nuestro entrenamiento, conviene explicar cómo distribuimos las prioridades en Escudo Femenino.
En Escudo Femenino utilizamos una distribución muy sencilla para explicar dónde ponemos el foco del entrenamiento:
80 % prevención.
19 % disuasión.
1 % defensa.
No pretende describir mediante una estadística cómo transcurren todas las agresiones ni significa que cada situación vaya a dividirse exactamente de esa manera.
Expresa nuestra prioridad de trabajo.
El 80 % representa todo aquello que podemos trabajar antes de que el conflicto se haya materializado: observación, interpretación del contexto, anticipación, decisiones tempranas, gestión del espacio, elección de alternativas y conservación de opciones.
En ese momento todavía podemos disponer de algo especialmente valioso: tiempo y margen de decisión.
El siguiente 19 % corresponde a la disuasión.
Aquí la situación ha avanzado. Quizá alguien ha reducido demasiado la distancia, ha ignorado una negativa, ha insistido después de un límite, ha modificado su comportamiento de una manera que requiere una respuesta más clara.
Entran entonces recursos como la posición, la distancia, el desplazamiento, la voz, el establecimiento de límites, la búsqueda activa de ayuda o una salida.
Ya no estamos simplemente observando.
Estamos interviniendo para intentar evitar que la situación siga avanzando.
Y también aquí conviene escapar de las fórmulas universales.
Una voz firme puede ser útil en un contexto y poco recomendable en otro. Aumentar la distancia puede ser posible o no. Establecer verbalmente un límite puede funcionar con una persona y provocar una respuesta diferente en otra.
La autoprotección no consiste en aprender una respuesta correcta para cada problema. Consiste en disponer de recursos y aprender a elegir entre ellos.
Ese último 1 % representa aquello que gran parte de la defensa personal tradicional coloca precisamente en el centro: la resolución física del conflicto.
Para nosotros ocupa el espacio más pequeño del modelo no porque carezca de importancia, sino por todo lo contrario.
Cuando llegamos ahí, muchas de las opciones anteriores pueden haber desaparecido: la distancia puede haberse reducido,el tiempo para decidir puede medirse en segundos, la carga de estrés puede ser muy elevada.
Y precisamente entonces, pretendemos ejecutar aquello que suele requerir mayor coordinación y capacidad de respuesta. Por eso existe una contradicción importante en construir casi toda la preparación alrededor de ese instante.
Una técnica puede resultar perfectamente comprensible cuando la vemos despacio.
Podemos repetirla, corregir una posición, preguntar, volver a intentarlo...
Una agresión no concede esas condiciones.
Cuando percibimos una amenaza intensa pueden producirse respuestas fisiológicas y cognitivas que modifican nuestra manera de procesar la situación: aumento de activación, estrechamiento de la atención, percepción fragmentada, respuestas automáticas o dificultades para acceder con la misma facilidad a aprendizajes complejos.
No todas las personas responden igual y tampoco reaccionamos siempre de la misma manera, pero existe una consecuencia metodológica importante: una herramienta que solo funciona cuando podemos pensar con calma, recordar una secuencia compleja y ejecutarla con precisión tiene menos valor cuanto más extrema se vuelve la situación.
Por eso el entrenamiento físico también debe buscar simplicidad, funcionalidad y capacidad de adaptación bajo presión progresiva.
Esta idea merece quedar especialmente clara.
Llegar a la defensa física no significa que una mujer no haya sabido prevenir.
Puede haber observado.
Puede haber establecido límites.
Puede haber intentado alejarse.
Puede haber pedido ayuda.
Puede haber tomado buenas decisiones.
Y, aun así, otra persona puede haber decidido continuar. Volvemos entonces a algo que ya establecimos al principio de este artículo: capacidad de prevención no significa capacidad de control.
El 80 % y el 19 % existen para aumentar nuestras opciones antes de llegar al último recurso, no para garantizar que nunca llegaremos a él.
Y el 1 % existe precisamente porque sabemos que a veces todo lo anterior no bastará o ni siquiera habrá tiempo para utilizarlo.
Por eso también entrenamos defensa física. No para aprender a pelear, no para demostrar que podemos imponernos.
Sino para disponer de recursos cuando la situación ya no nos permite resolverla únicamente observando, hablando, tomando distancia o marchándonos.
Esta es probablemente la mejor manera de entender el modelo.
Cuanto antes podamos intervenir, normalmente más opciones tendremos.
Cuanto más avanza el conflicto, menos margen puede quedar y más rápidas tendrán que ser nuestras decisiones. Por eso, en Escudo Femenino dedicamos la mayor parte de nuestra atención a aquello que ocurre antes.
No porque podamos garantizar que evitaremos una agresión, sino porque mientras exista margen para observar, decidir, poner distancia, establecer un límite o salir, queremos aprender a reconocerlo y utilizarlo.
Y si finalmente ese margen desaparece, también necesitamos estar preparadas para otra cosa.
Porque la finalidad de la autoprotección no es vivir preparándonos para una pelea.
Es intentar conservar, durante el mayor tiempo posible, la capacidad de elegir.
Después de hablar de observación, patrones, anticipación y toma de decisiones, sería fácil llegar a una conclusión equivocada: que protegerse consiste en estar pendiente constantemente de todo lo que sucede alrededor.
No es esa la idea.
Puedes caminar pensando en el trabajo, mirar un escaparate, consultar el móvil, escuchar música o mantener una conversación y dejar de prestar atención durante unos minutos a quién camina detrás de ti.
La vida cotidiana no debería convertirse en un ejercicio permanente de autoprotección.
Porque si aprender a protegernos significa añadir una nueva lista de obligaciones : cómo caminar, dónde mirar, qué llevar en las manos, cuánto espacio ocupar, qué imagen proyectar. Quizá estemos consiguiendo algo paradójico; reducir nuestra libertad en nombre de nuestra seguridad.
A las mujeres ya se nos han dado suficientes instrucciones sobre cómo evitar que nos ocurra algo.
No vuelvas sola.
No pases por determinados lugares.
No bebas demasiado.
No te distraigas.
No lleves los auriculares puestos.
No mires el móvil.
No parezcas insegura.
Y muchas de esas recomendaciones pueden tener sentido en un contexto determinado.
El problema aparece cuando dejan de ser opciones que podemos valorar y se convierten en obligaciones permanentes.
Porque entonces la autoprotección empieza a construirse alrededor de todo aquello que una mujer debería hacer correctamente para mantenerse a salvo.
Y volvemos, por otro camino, al mismo problema que planteábamos al principio del artículo. Tener herramientas para gestionar un riesgo no significa asumir la responsabilidad de impedir que ese riesgo exista.
Para nosotros, ese es uno de los sentidos fundamentales de entrenar autoprotección.
No aprender una lista cada vez más larga de cosas que no debes hacer, sino aprender a disponer de más información y más recursos para poder decidir.
Quizá una noche prefieras guardar el teléfono porque el lugar por el que caminas merece mayor atención.
Y quizá a las doce del mediodía, en una calle concurrida, decidas contestar tranquilamente un mensaje.
No hay contradicción, el contexto ha cambiado y tu atención puede cambiar con él.
Del mismo modo, puedes decidir cambiar de acera porque algo no termina de encajarte sin necesidad de demostrar que estabas realmente en peligro.
Puedes marcharte de un lugar antes de saber si la situación habría empeorado o establecer un límite sin esperar a que alguien lo sobrepase todavía más. Incluso, puedes pedir ayuda aunque después descubras que no era necesaria.
La autoprotección no consiste en acertar siempre. Consiste en conservar la posibilidad de decidir mientras todavía tenemos opciones.
Una formación preventiva mal entendida puede acabar produciendo una colección interminable de posibles amenazas: una persona detrás, un coche que reduce la velocidad, alguien que mira demasiado, una puerta cerrada, un ascensor, un aparcamiento, un desconocido que pregunta algo...
Pero una vida construida alrededor de todo lo que podría ocurrir tampoco es una vida más segura necesariamente. Es, sobre todo, una vida condicionada por posibilidades. Por eso el criterio importa tanto como la observación.
Observar nos permite detectar. El criterio, nos ayuda a no convertir todo lo detectado en peligro.
Y esa combinación es la que permite que nuestra atención suba cuando existen motivos para hacerlo y vuelva a bajar cuando dejan de existir.
El objetivo no es caminar como alguien a quien nadie se atrevería a atacar, ni demostrar fortaleza constantemente, ni controlar cada rincón, ni mantener el cuerpo preparado para una confrontación que probablemente nunca suceda. El objetivo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil de entrenar: vivir con normalidad y saber reconocer cuándo esa normalidad cambia.
Entonces sí. Prestamos atención, observamos, comprobamos lo que podamos, decidimos y si es necesario, actuamos.
Después, cuando la situación deja de requerir nuestra atención, podemos volver a lo que estábamos haciendo. Porque una buena formación en autoprotección no debería conseguir que veas más amenazas, debería ayudarte a distinguirlas mejor.
Y por eso volvemos exactamente al lugar desde el que comenzamos:
No necesitas vivir alerta.
Necesitas saber cuándo prestar atención.
Aprender autoprotección no debería hacer que el mundo parezca más peligroso, debería ayudarnos a comprender mejor lo que ocurre a nuestro alrededor y a disponer de recursos para decidir qué hacer cuando algo cambia.
Por eso, en Escudo Femenino, observar no significa buscar amenazas. Anticiparse no significa esperar siempre lo peor. Y aprender a defenderse no significa vivir preparada para una pelea.
Entrenamos para conservar opciones.
Para reconocer cuándo una situación merece nuestra atención y cuándo no. Para establecer un límite antes de que sea necesario elevarlo. Para utilizar la distancia, la voz o el movimiento cuando todavía pueden ayudarnos. Y también, para disponer de una respuesta física cuando las opciones anteriores ya no son suficientes o simplemente no han existido.
No podemos controlar las decisiones de otras personas, tampoco podemos garantizar que aprender autoprotección vaya a evitar cualquier situación de riesgo. Lo que sí podemos hacer, es entrenar nuestra capacidad para observar, comprender, decidir y actuar con los recursos disponibles en cada momento.
Porque protegerse no debería consistir en aprender a tener miedo de más cosas sino en aprender a decidir mejor.
Alicia Ballesteros Molina
Coordinadora de Escudo Femenino
¿Quieres conocer cómo entrenamos este enfoque?
En Escudo Femenino trabajamos la autoprotección desde la prevención, la observación y la toma de decisiones, sin olvidar la respuesta física cuando realmente es necesaria.
El Método E.S.C.U.D.O. organiza ese aprendizaje para llevarlo de la comprensión a la práctica de forma progresiva.